El Obelisco porteño: de la excusa monumental a los símbolos de la refundación capitalina
El Obelisco, ícono indiscutible de la identidad porteña, fue una obra rápida: se levantó entre marzo y mayo de 1936.
Por: Oscar Andrés De Masi
oademasi@gmail.com
22 de mayo de 2026
Fue ejecutada por el poderoso consorcio alemán GEOPÉ, Siemens Baunion-Grün & Nilfinger, que tomó ventaja, para su celeridad récord, de la simpleza formal del cuerpo geométrico, y de los materiales de endurecimiento acelerado, vaciando el hormigón por secciones de dos metros de altura. Además, cuanto antes se terminara la obra, antes concluirían las objeciones que ya motivaba tanto la abstracción de su silueta como otras conjeturas no menos inquietantes, que espigaban tanto asociaciones freudianas como filiaciones masónicas.
Por su parte, la construcción de la Linea B de subterráneos facilitó el apoyo de los potentes cimientos sobre los túneles, aunque hubo un hecho luctuoso: uno de los obreros, el italiano José Consentino, murió al resbalar en irrefrenable tobogán hacia una de las bóvedas. Como veremos enseguida, no sería la primera vez que alguien se precipitara a tierra en ese mismo sitio.
Se dijo oficialmente que se trataba de conmemorar el cuarto centenario de la fundación de Buenos Aires y de ofrendar un tributo, de la Capital a la Nación entera. Pero, en rigor, el asiento que fundó don Pedro de Mendoza en 1536 no fue ciudad ni fue durable. De ahí que la fecha correcta, tratándose del origen urbano de Buenos Aires, debería más bien ajustarse a la auténtica fundación, cumplida por el general Juan de Garay en 1580.
La coartada de la efeméride disimulaba la voluntad autocelebratoria del gobierno conservador de turno y su inclinación a las obras de gran escala y abundante presupuesto. Al fin y al cabo, además de las pirámides egipcias ¿qué emblema luciría más faraónico que un obelisco gigante? Y si en Washington D.C. existía uno ¿por qué no tener otro en Buenos Aires?
Como afirmó su proyectista, el arquitecto Alberto Prebisch, se echó mano a una forma geométrica neta, con referencias de linaje antiguo, para dotar a la Capital de un “monumento" que la identificara (aunque no recapitulara ningún arraigo discursivo en la propia historia del Plata) y quedara en linea con la prolongación, ya concretada, de la Diagonal Norte y su encuentro con la avenida de Norte a Sur, que es la avenida 9 de Julio.
Aquellos ajustes viales requirieron algunos sacrificios arquitectónicos: la creación de la Plaza de la República en la rotonda de convergencia de ambas avenidas implicó la demolición de edificios conocidos, tales como la tienda “A la Ciudad de Londres”, el Circo “Hipodrome” de Frank Brown, el viejo Luna Park o el teatro “del Pueblo”.
Pero el edificio más valioso desde el punto de vista patrimonial (y sin duda el más histórico) que se redujo a escombros, tras un prolongado pleito con la Curia arzobispal, fue la iglesia dedicada a San Nicolas de Bari, que ya había sido intensamente remodelada a comienzos del siglo XX y, antes también, en 1858. Era un edificio de data colonial, construida por el opulento comerciante y ex soldado, don Domingo de Acassuso, hacia 1720, y elevada al rango parroquial en 1769, con la primera descentralización respecto de la iglesia matriz. Su benefactor (quien fundó la célebre capilla de San Isidro Labrador en el pago de los Montes Grandes o de la Costa) no llegó a ver terminado el edificio: durante una inspección, afectado por un infarto, cayó del andamio.
Uno de los párrocos de aquella iglesia había sido el presbítero Manuel Alberti, el único clérigo que integró la Primera Junta en mayo de 1810. El arrasamiento del templo también implicó, según sostiene la versión tradicional (que escuché de boca de Alberto de Paula, quien a su vez lo escuchó de labios de Guillermo Furlong S.J. o de Mario Buschiazzo) la pérdida de los huesos ilustres del cura patriota que allí estaba enterrado, que al parecer fueron mezclados con los escombros y conducidos sin pompa ni cruz alta al vaciadero de materiales.
En lo alto de la torre del viejo templo se enarboló, por vez primera, la bandera argentina en la ciudad, en 1812. Quizá este solo hecho hubiera bastado para preservar el edificio, a la luz de una ponderación más respetuosa del patrimonio material. Pero aún no existía la Comisión Nacional de Monumentos Históricos creada por el Dr. Ricardo Levene y, por sobre todo, la modernidad de la Capital era iconoclasta y reclamaba nuevas y ampulosas marcas urbanas, desligadas de las formas del pasado y, de paso, de las señas seculares de la religión dominante.
Curiosamente, cuando Prebisch explicaba que él prefería designar a la obra con el simple nombre de “monumento”, el observador podría preguntarse, ateniéndose al significado tradicional de la palabra (que es “recuerdo”): ¿monumento a qué?¿qué quiso recordar? Porque, como dije antes, si setrataba de la fundación real de Buenos Aires, entonces adelantaron el reloj de la historia medio siglo.
La excusa del cuarto centenario del fallido asiento portuario de don Pedro de Mendoza venía a legitimar una operación más prospectiva que retrospectiva, la creación anticipada de un monumento al futuro, tal como los conservadores suponían que iban a ser recordados por las generaciones venideras. En este punto se equivocaron. Porque, aunque su ciclo histórico cuenta con méritos tales como la neutralidad soberana en la Segunda Guerra Mundial, la opinión del presente los sigue asociando primariamente con el fraude patriótico y el amiguismo político en la distribución de la obra pública y las concesiones de servicios públicos.
El lenguaje expresivo del Obelisco, bajo la coartada de su apelación augusta a los tiempos clásicos, era, en definitiva, la consagración de una estética racionalista en pleno auge, abierta solamente a la vanguardia internacional y desentendida de gestos preteristas o de memorias raigales del propio suelo.
El Obelisco fue polémico desde el comienzo y hasta se llegó a proponer su demolición, utilizando como argumento la caída, en 1938, de unas lajas de su revestimiento calcáreo original. Se salvó de la demolición, pero el revestimiento fue reemplazado por una pintura superficial sobre revoques de material, con buñas que semejan la separación de sillares de piedra. Con el retiro de las lajas se perdió aquella donde se leía la firma del proyectista. Y alguno dijo que este anonimato vino a ser una suerte de castigo celestial, por haber derribado una iglesia antigua en favor de un edificio tan poco gracioso.
Como operación urbana, el Obelisco venía a visibilizar el desplazamiento del eje histórico y céntrico de la ciudad, desde la tradicional Avenida de Mayo hacia Corrientes, creando un punto de referencia visual en el cruce de las grandes avenidas y sus amplias perspectivas. Sin querer, se preparaba la escena urbana para las masas en marcha.
Los años han pasado y debe admitirse que el Obelisco ha llegado a imponerse como punto de encuentro popular, como escena preferida de las multitudes, como viñeta, como postal lugareña.
Paradójicamente, la centralidad de su emplazamiento va de la mano con la abstracción de su significado, que nadie sabe muy bien qué quiso conmemorar. Y sin embargo, vaya a saber por qué razón que va más allá de la racionalidad, sigue siendo el símbolo identitario de esta ciudad.
Galería
Comentarios (1)
Helena
22 de mayo a las 22:52
El obelisco se convirtió con el tiempo en un símbolo identitario de la Ciudad de Buenos Aires El 23 de mayo 2026 cumple 90 años La Asociación Art Nouveau de Buenos Aires entregará una placa a la ciudad para festejarlo
