LECCIONES DE UNA DEMOLICIÓN: REQUIEM PARA EL EDIFICIO DE LA EX FÁBRICA CERVECERA “BIECKERT” EN LLAVALLOL
No tiene caso, ahora, derramar lágrimas ni proferir lamentaciones. La obra de demolición está, sino consumada, a punto de consumarse. Han comenzado a caer los muros de la ex fábrica “Bieckert”, en la avenida Antártida Argentina, Llavallol, partido de Lomas de Zamora.
Por: Oscar Andrés De Masi
oademasi@gmail.com
18 de mayo de 2026
Esta última referencia geográfica tiene su relevancia interlineal: decir Lomas de Zamora es enunciar no sólo un territorio histórico con topónimo de cepa hispánica (porque alguna vez fuimos parte del Imperio español); es designar no sólo un distrito municipal donde, como en el resto del conurbano bonaerense, coexiste el desarrollo con el atraso, la opulencia con la miseria, la civilización con la barbarie. No es solamente eso. Nombrar a Lomas de Zamora, en el contexto de estas reflexiones que motiva la demolición de un edificio identitario, es poner en evidencia, una vez más (y lo hemos dicho ad nauseam desde la cátedra y la palabra escrita) el caso inexplicable de un municipio donde la pérdida del patrimonio edificado ha asumido proporciones catastróficas y aceleradas, y donde, pese a la jactancia de poseer una supuesta norma de protección de la arquitectura patrimonial, no existen en la práctica ni dispositivos de tutela oportunos y eficaces, ni voluntades gubernamentales visibles, orientadas a una agenda de resguardo del patrimonio edificado. Alguna voz que clama en el desierto (llámese un concejal solitario, o unas voluntariosas juntas de historia vecinales, o simples ciudadanos que, auto convocados o en forma aislada, expresan su estupor), aunque se alce un grito más o menos coral, no logra, en absoluto, el efecto bíblico de derribar una muralla. En este caso, la muralla de la indiferencia frente a los testimonios en pie de un pasado que ostentó su esplendor edilicio, en todas las tipologías.
Lomas de Zamora es, paradójicamente, un caso modélico, un ejemplo, pero de lo que no debiera ocurrir en una comunidad culta, respetuosa de su herencia social y celosa de su identidad.
La ex “Bieckert” ha seguido la misma suerte de tantos edificios emblemáticos, como el mal llamado “castillo” de Banfield, o la quinta “La Beatriz”, o el chalet temperlino que fue de Basset Smith, o la esquina sin ochava de Sáenz y Azara. La nómina sería larguísima de transcribir. Y no deberíamos olvidarnos ni de la ablación de los adoquines en el pavimento frente a la estación de Banfield, ni del tormento mutilador que, con cada poda incorrecta, extemporánea o depredadora, sufre el arbolado en el espacio público.
Pero vayamos al ámbito privado: no se trata, por supuesto, de que los particulares sean despojados de su derecho de propiedad, que es precepto constitucional al fin y al cabo. Se trata de que llegar a responder a esta cuestión: ¿para qué se listan y se catalogan edificios de cierta vejez como “protegidos”, si luego se permite su demolición? ¿No existen, sobre la base de aquel marco normativo, unos mecanismos negociadores que logren conciliar ese derecho de dominio con los “intereses difusos” de la comunidad? ¿No hay en las mentes gubernamentales locales el ingenio mínimo para idear propuestas de estímulos fiscales y de planeamiento, que satisfagan al dueño o seduzcan al inversor, y, llegado el caso in extremis, eviten la pérdida de la materialidad del inmueble? Ya lo he planteado varias veces y quienes quieran profundizar en este tema, no tan habitual, pueden leer lo que publiqué en 2023 en el capitulo IX de la obra colectiva “El resurgir de la Argentina”.
Por lo visto, no existe esa creatividad en Lomas de Zamora, un municipio cada vez con menos “pátina” de antaño, que se va vaciando de ese pasado visible y reconocible que es el patrimonio arquitectónico y urbano, y donde un paisaje nuevo va imponiéndose a la vera de las calles, desgajado de cualquier tradición y refractario a las estéticas citadinas que eligieron, con bastante acierto, las generaciones anteriores de lomenses.
No es, pues, como dije al comienzo, el tiempo de la lágrima inútil ni de la queja airada, porque “la ex Bieckert” ya no tiene salvación.Y no la tiene porque no han fermentado, en el común compromiso cultural de pueblo y gobierno locales, esas “voluntades salvadoras”
que se plasman en políticas públicas inteligentes de salvaguarda patrimonial y en propuestas ejecutivas sustentables de recuperación y refuncionalización.
Ahora es el tiempo de la reflexión.
Y esa reflexión viene a caballo de la pérdida. ¿Qué se ha perdido con la desaparición de la ex Bieckert?
En un primer nivel de aproximación, digamos que se ha perdido un edificio de características excepcionalmente singulares. Un contenedor industrial de la más sofisticada complexión que, junto con su equipamiento fabril y su modo constructivo, seguía
impartiendo lecciones para la buena arquitectura del presente.
Pero, como hoy sabemos que el patrimonio industrial es un eslabón valioso en la cadena identitaria, va de suyo que ese valor no se adhiere solamente a la materialidad, ni se limita al encanto iconográfico de una postal, sino que trasciende lo material y se imbrica en las memorias vecinales que el edificio era capaz de suscitar y convocar.
A esa icónica e ineludible impronta visual del “contenedor” ha de sumarse el derrame periférico de aquella fábrica: la consolidación de barrios populares en el entorno, la creación de una escuela que es joya arquitectónica per se, el fomento de asociaciones de trabajadores, la identificación de un producto con una localidad,y para decirlo en términos de la biología, la “homeostasis” de una comunidad en equilibrio existencial y en funcionamiento funcional.
Bieckert, como tantas otras industrias, fue más que una fábrica: fue una “construcción” en el sentido social y cultural. Porque con Bieckert llegaron otras cosas, tangibles como el humo e intangibles como el arraigo, que identificaron a una porción de la población del partido, además de la cerveza. Pero, es cierto también, que Bieckert había dejado de ser fábrica hace tiempo, para pasar al renglón de la arqueología industrial.
Más allá de los planteos legales acerca de si esta demolición estaba o no permitida por alguna ordenanza local, la magnitud de la pérdida de referencias identitarias, visibles e invisibles, que acarrea esta demolición, es innegable. Algunos dirán que está bien, porque la fábrica ya no funcionaba como unidad productiva y el baldío dará lugar a otro emprendimiento con generación de empleos; otros dirán que está mal, porque se ha perdido un edificio de características únicas.
Lo cierto es que, con cada golpe de la bola de derribo al compás de la grúa, se ha pulverizado una parte de la memoria común de Llavallol. Y esa clase de amnesia colectiva, más tarde o más temprano, tiene su precio moral.
En suma, de las tantas lecciones que aprendidos de nuestro maestro y amigo Alberto S.J. de Paula, en lo atinente al patrimonio arquitectónico y al paisaje urbano de Lomas de Zamora, retengo ahora, ante este episodio de la ex Bieckert, lo que nos dijo a mi y a Jorge Cohen, allá por 1984, cuando salimos de safari fotográfico por varios barrios del distrito: “-Aprovechen para sacar las fotos ahora, porque dentro de diez años no va a quedar nada en pie…-“.
Quizá no fueron exactamente diez años, pero al final del día tenía razón.
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