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Comentario breve: El relato de los hermanos Stoessel. Una travesía en automóvil a través de América, desde el sur hasta el norte

A instancias de la reciente incursión imperial en Venezuela se ha puesto de moda hablar de lo que ocurre en Latinoamérica y espigar nombres de lugares y regiones que antes estaban, para los argentinos, casi fuera del mapa.

Oscar Andrés De Masi

Por: Oscar Andrés De Masi

oademasi@gmail.com

15 de enero de 2026

Comentario breve: El relato de los hermanos Stoessel. Una travesía en automóvil a través de América, desde el sur hasta el norte

En ese marco de actualidad, y despojando la mirada de connotaciones políticas, resulta de oportuna lectura una obra que apareció en 1930, y que relata un viaje por aquellas geografías colmadas de topónimos indígenas y españoles, y pobladas por otras gentes tan diferentes a nosotros, pero a la vez tan cercanas a un común origen, desde la llegada de Colón.

“32.000 kilómetros de aventuras” es el título que resume la distancia inexorable y los avatares impredecibles de una travesía en automóvil, desde Buenos Aires hasta Nueva York, durante los años 1928 y 1929. 

Su núcleo narrativo oscila entre el viaje en si mismo, el protagonismo del automóvil, la aspereza de los caminos y las identidades plúrimas de los paisajes y sus pobladores. Allí quedan registrados, en apretada bitácora, las fechas y los nombres que dieron vida a la aventura de un apretado equipo de argentinos.

El ideal de “confraternidad americanista”, según los autores (quizá era otra forma de nombrar el sospechoso programa de “panamericanismo” que, desde hacía varios años, impulsaban los yanquis), podía fortalecerse con una política de vialidad capaz de vincular a los países limítrofes del continente. He allí el motivo, casi idealista, de esta curiosa aventura que, de paso, venía a probar, también, la calidad de los automóviles Chevrolet, en una época de puja comercial entre las distintas fábricas automotrices que aspiraban a conquistar los mercados del sur continental.

El relato fue escrito por los protagonistas principales, que eran los hermanos Adán y Andrés Stoessel, bonaerenses, hijos y nietos de alemanes. El abuelo había llegado en 1878 para establecerse en tierras de colonización en Hinojo (Olavarría). Don Miguel Stoessel, fundó la colonia “San Miguel”, cuyo nombre vino a recordarlo, junto con un paseo y un museo locales, de más reciente apertura.

Uno de sus hijos, Andrés, llegado a la edad de 18 años, decidió instalarse por cuenta propia en 1880; y en 1897 se radicó en Coronel Suarez, donde organizó la estancia “La Curumulán”. En 1919 entregó la administración a sus hijos .

Los hermanos Stoessel se propusieron demostrar empíricamente la viabilidad de una carretera literalmente “panamericana”, en un tiempo en que se hablaba de ella con una mezcla de promesa esperanzadora y, a la vez,  de utopía inasible. Utilizaron un Chevrolet “de serie” y pusieron rumbo al norte, junto al mecánico Humberto Tontini y al acompañante Carlos Díaz. Porque, ciertamente, semejante periplo requería recursos de auxilio técnico, copilotaje y relevo.

A tenor de su narración, sus peripecias fueron tan incontables como cinematográficas, y pudieron superarlas con ingenio, con la cooperación de las poblaciones nativas y sus fuerzas vivas en muchos casos, y con la ventaja de hallar en el camino las filiales del Automóvil Club Argentino. Y, por supuesto, gracias a la resistencia del vehículo elegido. El último capítulo del libro es, virtualmente, un panegírico de la empresa General Motors y sus procesos industriales.

Antes de llegar a Nueva York y contemplar “las luces de Manhattan”,  los viajeros pasaron por Detroit, “la cuna del Chevrolet”, donde fueron recibidos por los más altos ejecutivos de la compañía, y pudieron visitar la planta industrial y sus laboratorios de pruebas, lo mismo que el campo de ensayos de Milford. Antes que ellos, no muchos argentinos (quizá ninguno) habrían sido huéspedes agasajados en una visita semejante.

Soportaron caminos inhóspitos en las selvas peruanas o en los páramos colombianos, debieron sortear ríos y arroyos correntosos, padecieron inclemencias en las alturas cordilleranas y lluvias torrenciales, fueron presa de los mosquitos, eludieron por poco a los caimanes del Magdalena y a los bandoleros nicaragüenses (bandas residuales de la diáspora del “sandinismo”, pero sin Sandino) y, tras llegar al destino pretendido, regresaron a la Argentina, mientras el Chevrolet permaneció como un recuerdo glorioso en el Museo de la General Motors en Detroit.

Por otra parte, el viaje sirvió como comprobación del prestigio que el nombre de Buenos Aires, como gran capital de timbre europeo, concitaba en el resto de Latinoamérica.

En suma, una crónica donde se entremezclan los esfuerzos mecánicos de la máquina, los empeños voluntariosos de los hombres y los desbordes incontenibles de esos paisajes exóticos, que son la primera forma de patrimonio que ha conocido la civilización, porque fueron el legado de la Naturaleza misteriosa y fecunda. 

El libro que contiene el relato, editado en Buenos Aires por Linari & Cía de la calle Bartolomé Mitre 1259, se extiende a lo largo de 268 páginas, de lectura ágil y entretenida. Y las fotografías que lo ilustran a modo de viñetas de la gira, son de excepcional calidad iconográfica.

Si lo consiguen en una librería anticuaria, van a disfrutarlo como libro de verano…y de todas las estaciones.

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Comentarios (3)

Juan Carlos Fauvety

18 de enero, 04:39

Interesante historia de aventuras reales que combina las peripecias también con el road movie: un género que comenzó en los años '70 para luego perderse en los avatares de la tecnología. Sin embargo, una historia que integra Historia y años de un año a otro, lugares, diversidad de paisajes y el dibujo psicológico de quienes la protagonizaron (en la vida real) puede servir de ejemplo para un público de ''nuevas'' historias por contar y de seres de quien aprender. Vamos por ello... jcf.

Oscar Andrés De Masi

16 de enero, 05:26

Thanks for your kind comment!

Darrell

15 de enero, 23:37

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