Alejandro Christophersen y España: un tema pendiente
De entrada debería decirse que, aunque de ascendencia noruega, Alejandro Christophersen era español por nacimiento, ya que vio la luz en Cádiz, en 1866, donde y cuando su padre ejercía un cargo consular.
Por: Oscar Andrés De Masi
oademasi@gmail.com
9 de mayo de 2026
Al cumplirse este año 2026 ocho décadas de la desaparición física del insigne arquitecto Alejandro Christophersen, la efeméride adviene como buena excusa para volver la mirada sobre su figura y su obra. No porque falte bibliografía, que la hay en abundancia; ni porque falten intérpretes actuales de su producción (las ArquiCaminatas de Alejandro Machado son ejemplo de ello, entre otros); sino porque hay aspectos de su desarrollo artístico, enhebrados quizá en su experiencia de vida más temprana, que, a mi juicio, no han sido aún suficientemente investigados.
Uno de ellos es el que sugiere el titulo de este breve artículo, originado en un texto de objeto más amplio (España en la mirada de cinco arquitectos argentinos) que escribí allá por 2012 a pedido del querido colega, ya fallecido, el Dr. Manuel Padorno, quien me lo solicitó para alguna publicación de la colectividad española (o gallega quizá), que luego no pudo concretarse.
Extraigo aquí, de aquel escrito, la parte pertinente a esta nota.
Digamos que a Christophersen se lo relaciona, principalmente, con el academicismo historicista francés de matriz Beaux Arts, del cual fue exponente eximio, y, secundariamente, con los estilemas de otras vertientes como la arquitectura neobizantina y moscovita (Iglesia Ortodoxa Rusa de B, a sabiendas de que no fue su proyectista), la arquitectura escandinava de piedra (Iglesia Noruega, demolida), el neorrománico (Santa Rosa de Lima o Regina Apostolorum), el neogótico (capilla Santa Unión de los Sagrados Corazones) o el monumentalismo cúbico y neo-egipcio (bóveda de los Alvear en el cementerio de la Recoleta).
Pero no se ha hablado (y quizá no se haya indagado lo suficiente) de algunos guiños a las estéticas españolas, presentes, aunque acotadas, en su producción, y de cuáles pudieron ser las vertientes espirituales de aquellos lenguajes expresivos que alguna vez adoptó.
De entrada debería decirse que, aunque de ascendencia noruega, Alejandro Christophersen era español por nacimiento, ya que vio la luz en Cádiz, en 1866, donde y cuando su padre ejercía un cargo consular. Cuánto haya influido el ambiente gaditano en el espíritu del joven estudiante que pasó por Bélgica y por Francia, antes de su arribo a la Argentina, no podemos saberlo. Sabemos, en cambio, que durante el resto de sus días conservó, como una marca personal, el acento típicamente andaluz, que le añadía lustre a su evidente señorío. Si hasta por su largura física, su barba y su bigote, parecía salido de El entierro del conde de Orgaz, de El Greco.
España lo honró con la distinción de Comendador de la Orden de Isabel la Católica. Y la embajada de España en Buenos Aires poseía algunos cuadros suyos, quizá de tema costumbrista o paisajista español, porque ejecutó varios. Uno de los más conocidos es el "Naranjero", pintado al óleo, que es un “tipo” cabalmente sevillano.
La estética española la vemos muy primariamente en el Panteón de la Asociación Española de Socorros Mutuos, en el cementerio de la Chacarita, del año 1896. Allí se desborda el barroco plateresco con su profusa ornamentación de fachada y la apelación a relieves (o, a la inversa, a hornacinas con sus doseletes rehundidas en el muro) de cuño renacentista tardío o ya manierista. No fue poco alarde, tratándose de un comitente entonces poderoso en el grupo de las mutuales de colectividad.
Pero hay otros ejemplos en el catálogo de Christophersen, como dos casas señoriales de uso rural: El Portazgo en Melilla, Montevideo (Uruguay) y la estancia San Ambrosio, en Gualeguay, Entre Ríos. Estos dos edificios, de factura mucho más simplificada que el panteón, y acentuación de las notas andaluzas neoclásicas. También podría citarse El buen retiro, en Carrasco, Uruguay, con notas eclécticas italianizantes, especialmente en la columnata del pórtico y la torre belvedere.
Existe otro caso, mucho más tardío, en el partido de Vicente López. Se trata de una singular residencia en esquina, cercana al Río de la Plata, que lleva su firma en la fachada.
En las cuatro residencias mencionadas, y más allá de sus variantes individuales, advertimos la referencia rústica al cortijo español de Andalucía, Extremadura o La Mancha.
Hasta aquí la obra edificada (cuyo estilo español pudo ser capricho de los comitentes) y, apenas, el lejano recuerdo de su tierra natal. Pero hallamos otra vertiente de ese costado españolista que se imbrica en el propio pensamiento estético de Christophersen, y se expresa como un elogio y, a la vez, como un desiderátum. Me refiero al párrafo que le dedicó al arte y la arquitectura de España en el articulo “Nuevos rumbos”, publicado en la Revista de Arquitectura, en 1915:
“Interin en España se desarrolla el interesante plateresco en los suntuosos palacios, en los templos de inagotables riquezas y se transforma constantemente en desconcertantes improvisaciones, en imprevistas combinaciones con dejos de ingenuidad, pero lleno siempre de un picante sabor artístico, castigado y torturado como el alma española de aquella época resignada al dominio de la inquisición.
Ese arte español de buena cepa apenas si lo conocemos entre nosotros, donde solo nos llegó a las Américas traigo por las manos inexpertas de artistas de segunda categoría, que trazaron los primitivos edificios de las colonias.
El desdén manifiesto que impera en general por el arte español que no conocemos, nos priva de profundizar esa arquitectura, tan apropiada al clima y al suelo argentino. Ese arte debería ser fuente fecunda de inspiración para nosotros si aprovechásemos con acierto sus enseñanzas, aplicándolo juiciosamente y completándolo con los requisitos de los progresos modernos…
Más allá de que hoy ponemos enfáticamente en crisis la afirmación de que el arte español haya llegado a estas tierras de la mano de artistas inexpertos y de segunda categoría (sic), los demás juicios de Christophersen son ponderativos de una arquitectura española que, en efecto, había caído en el olvido y que, por esa misma época más o menos, profesionales como Kronfuss, Greslebin o Noel se empeñaban en revalorizar.
¿Por qué, si Christophersen encontraba notas de valor en la arquitectura española no la adoptó más ampliamente, prefiriendo el menú academicista francés? No es una pregunta fácil de responder. O mejor dicho, las respuestas fáciles (porque sus comitentes privados de clase principal preferían ese estilo, o porque le pesaba a tal punto su herencia formativa parisina y belga, o porque el catálogo Beaux Arts era un recurso para una producción casi en serie…) son dudosas.
Lo cierto es que, cuando quiso y pudo, Christophersen apeló con acierto al estilo español en diferentes versiones estilísticas (como dije antes, el barroco plateresco o el neoclásico andaluz o una cierta mezcla muy ecléctica) y en dos tipologías: las residencias de campo (Melilla y Gualeguay) o de suburbio (Carrasco y Vicente López), y el edificio funerario de la
Chacarita.
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