El eslabón perdido y encontrado: la casa que faltaba en el catálogo del arquitecto Francisco Salamone
El eslabón perdido: la casa de descanso del ingeniero Salamone en Martínez. Fue presentado en su primera edición en papel el 10 de agosto de 2024 —rápidamente agotada— y cuenta actualmente con una segunda edición, ambas bajo el sello cuidado de Maizal Ediciones.
Por: Oscar Andrés De Masi
oademasi@gmail.com
7 de febrero de 2026
He aquí, por fin, un libro de historia de la arquitectura que trae algo novedoso. Su título es El eslabón perdido: la casa de descanso del ingeniero Salamone en Martínez. Fue presentado en su primera edición en formato papel, prontamente agotada, el 10 de agosto de 2024; y existe ahora una segunda edición. Ambas llevan el sello y la pulcritud de Maizal ediciones. Y para quienes no echan de menos el libro impreso y prefieran leer en la pantalla, la editorial Poliedro de la Universidad de San Isidro también ofrece una versión on line.
Con esto quiero decir, de entrada, que aquellos que se interesen en la producción del ingeniero arquitecto Francisco Salamone y en conocer detalles de su solar de descanso suburbano y de la casa que edificó en él, tienen a su alcance esta obrita breve (apenas 58 páginas) que hace un aporte tan inesperado como necesario y que hubiera merecido una recepción más entusiasta de parte de la crítica, en cualquier país normal del planeta. Pero, de sobra sabemos que la Argentina no es un país normal. De ahí que su aparición en la bibliografía haya pasado casi inadvertida para los tantísimos corifeos de la “moda salamoniana”, que pululan en el mundillo académico, seudo académico, gubernamental, turístico, periodístico y en las redes sociales.
Y cómo todavía hoy algunos pánfilos se siguen preguntando ¿dónde estaba y cómo era la casa suburbana de Salamone? (preguntas que responde con holgura este libro), vale la pena decir unas palabras que quizá estimulen su lectura y su debate.
El relato de la cuarta etapa de “Villa Finita” (la etapa de la memoria documentada de un edificio suprimido) podría sintetizarse diciendo que, una nieta del ingeniero Salamone, motivada a la distancia por su propia genealogía, lanzó una botella al mar. La recogieron dos investigadores de la arquitectura bonaerense (uno de ellos, el más autorizado especialista en Salamone que habita el planeta; la otra, la más autorizada especialista en la arquitectura histórica de San Isidro que habita el mismo planeta) quienes siguieron la pista embotellada y llegaron, finalmente, a la opera incognita que faltaba en el catálogo salamoniano.
El “eslabón perdido” ha sido, por fin, hallado, y el hallazgo se ha evidenciado, en este breve libro que comentamos, con respeto moral a comitentes y proyectistas, y más todavía, con respeto filológico a cuanto pronuncia y calla la literalidad de los documentos. Porque, tratándose del abordaje científico de una arquitectura ausente –y de un proyectista cuya figura y su producción se han prestado a relatos acríticos y legendarios en boca de diletantes y charlatanes–, a la imaginación conviene ceñirla al hábito epistémico de la demostración.
Demás está señalar que este trabajo de Marcela Fugardo y René Longoni modifica el estado del arte en lo tocante a Salamone en San Isidro, con la zancada gnoseológica que va del indicio rumoreado a la certeza categórica (porque aquella casa martinense, en efecto, existió, hasta que dejó de existir…); de la vaguedad a la precisión (porque sabemos exactamente dónde se emplazaba); y de la conjetura a la evidencia (porque la documentación encontrada permite recrearla como fenómeno de intervención humana en el espacio, y describirla en su voluntad de forma). Salamone proyectó, construyó y habitó una casa en Martínez, cuya ubicación precisa y sus características formales hoy conocemos. Es un hecho probado, maguer la desmaterialización del edificio.
Además, al observar sagazmente lo coetáneo del proyecto martinense de Salamone con relación a la casa rústica del artista plástico Cordiviola en el mismo distrito de la zona norte, los autores vienen a plantear un novedoso interrogante acerca de la circulación epocal de los estilemas vernaculistas en el territorio de San Isidro. Aunque ambas viviendas fueron rariora, ciertamente, el entusiasmo de las analogías se aquieta cuando se compara el decidido compromiso vernacular del mentado pintor, en Beccar, con el acotado gesto del ingeniero en Martínez. Por alguna razón, al diseñar su casa, Salamone no cruzó del todo el Rubicón (como lo había hecho a bordo de la audacia desmesurada de sus edificios municipales pampeanos) y permaneció en la seguridad que ofrecían las orillas de un probado eclecticismo nativista.
De haber sido éstos los únicos aportes de esta investigaciónencarada por Fugardo y Longoni por cuenta propia (sin subsidios ni recompensas oficiales ni becas universitarias, desarrollada por el mero apego al saber riguroso), sólo con ello habrían prestado un servicio inestimable al mejor conocimiento de la obra del ingeniero Salamone y a otras cuestiones de estética edilicia local en San Isidro.
Pero hicieron todavía algo más: nos convidaron con un viaje al núcleo, acaso más recóndito y entrañable, the inner circle, de la subjetividad de Salamone, que fue aquella casa suburbana que habitó junto a su familia. Allí está, ante nosotros, abierta la puerta con pudor de convento, invitándonos a ingresar con la imaginación al recinto de la domesticidad que el proyectista y a la vez comitente ideó para sí mismo y para los suyos.
A diferencia de los colosos de cemento que hizo levantar como faros fantasmales y tectónicos a la vez, en la vastedad oceánica de la pampa, desafiando el vértigo horizontal de la planicie infinita, corporizados ellos en puras geometrías alienadas del entorno, aquí en cambio, en las formas y en los materiales elegidos para la vivienda en Martínez, está la dimensión “autocrítica” y “existencial” de Salamone, que los autores correctamente han insinuado.
Aun protestando contra las biografías idealizadas y troqueladas conforme a la matriz épica del “genio solitario” (Longoni ya se ha ocupado antes de desmitificarlas), ante este hallazgo es legítimo seguir preguntando ¿cuál era el verdadero Salamone? ¿El que soñaba en las esferas siderales y futuristas, cuándo ideaba estrambóticas arquitecturas oficiales para el régimen conservador, mientras permanecía despierto y atento a las interferencias sensoriales del genius loci, telúrico y preterista, al diseñar su casa en diálogo material con los antiguos Montes Grandes, pero recordando los lares serranos? ¿O su conciencia ontológica operaba a la inversa? No lo sabemos.
La casa de Martínez (para cuya construcción no precisó destruir ninguna materialidad preexistente, como le ocurrió en los poblados adonde llevó el plan de obra cívica del gobierno de Fresco) es el indicio de que hay una segunda versión del mismo ingenio. Y que, en ambas versiones y cualquiera fuera el programa de arquitectura, Salamone fue portador constante de pulsiones rupturistas respecto de las estéticas epocales localmente dominantes, ya fueran los edificios municipales o los portales de cementerios de la llanura bonaerense que redujo a escombros, o los chalets pintoresquistas y las “villas” palaciegas que salpicaban, como joyas engarzadas, las barrancas, en el suburbio ribereño del Norte costero.
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