por Verónica Meo Laos

veronica.meolaos@gmail.com


Entrevista a María Rosa Lojo, escritora

 

María Rosa Lojo es una prolífica escritora e investigadora argentina de amplia trayectoria tanto en el campo académico como en la narrativa. Se doctoró en Letras por la Universidad de Buenos Aires. Ingresó al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas, donde llegó a ser Investigadora Principal. Actualmente es directora académica del Centro de Estudios Críticos de Literatura Argentina en la Facultad de Filosofía, Letras y Estudios Orientales de la Universidad del Salvador (Buenos Aires) y Profesora Titular de la misma Universidad. Es autora de una considerable y varia producción especializada en su campo de investigación. En 2015 fue nombrada miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española y desde 2017 forma parte del Consejo de Administración de la Fundación Sur, creada por Victoria Ocampo.

 

Hace poco tiempo visitó Dolores para dar una charla en la Escuela Normal ante un auditorio colmado de estudiantes de los profesorados y con la organización del profesorado de Literatura del instituto superior 168. La charla cargada de emoción y teñida de recuerdos giró en torno a la memoria, el patrimonio inmaterial y los recuerdos de infancia. Sobre temas patrimoniales conversó con Habitat y el resultado fue una diálogo profundo que invita a reflexionar sobre la memoria, los viajes, los arraigos y los desarraigos. La vida misma.

 

 

Habitat: Por qué te interesa el tema de la memoria y el patrimonio inmaterial

 

María Rosa Lojo: -No hay identidad posible sin memoria. Somos nuestra memoria y esto sucede tanto en lo que hace a la identidad individual como a la colectiva. Esa memoria es parte del patrimonio inmaterial; se construye, entre otras cosas, a través de relatos de todo tipo y la literatura es precisamente uno de ellos. Tal vez el central, el más importante y poderoso en cuanto a la capacidad de crear imaginarios. Creo que toda mi literatura trabaja sobre ese patrimonio inmaterial y lo reconfigura poéticamente, recogiendo y procesando relatos orales, literarios, historiográficos en una interpretación de la Argentina (y de la vida en general).

 

H.: – Qué importancia tiene en tu trayectoria literaria el tema de los viajes

 R. L.: -Suele decirse que los libros y los viajes “abren la cabeza”. La metáfora postula una verdad. Se viaja leyendo y se lee viajando. Cuando viajamos leemos en el libro del mundo, en la gente, las lenguas, las diferencias, las marcas de la Historia, y vemos interactuar los diversos actores del presente. La perspectiva del viajero permite mirar desde otro lado lo que el nativo o el residente no advierten de su propia cultura porque están inmersos en ese determinado lugar.

 

Viajo, personalmente, todo lo que puedo, convocada en general por mis actividades literarias y académicas. Difundo la historia y la literatura argentinas, difundo mis libros, y aprendo de lo que veo y oigo, de lo que huelo, lo que toco, lo que como. Por supuesto que esa experiencia reaparece de algún modo en la escritura, de manera implícita o explícita.

 

En mis ficciones me gusta especialmente introducir lo que llamo “la mirada extranjera”. Por eso hay personajes como el napolitano Pedro de Ángelis (La princesa federal), la francesa Alice Frinet (Una mujer de fin de siglo), las españolas Carmen Brey (Las libres del Sur) o Rosalind (Finisterre). Y hay muchos otros. En esas novelas y en los libros de cuentos (Historias ocultas en la Recoleta, Amores insólitos de nuestra historia). Todos esos extranjeros ven y dicen algo diferente sobre nuestro país, amplían la mirada sobre esta realidad.

 

Voy a citar un párrafo de Las libres del Sur que se refiere a José Ortega y Gasset, uno de los viajeros que más en se ocupó en su obra de la Argentina: “Al principio reclamó para sí los derechos que los griegos antiguos le concedían al extranjero, siempre un poco divino, porque podía examinar a todo un pueblo con la sabiduría de la diferencia y la distancia (sin que lo tocaran sus duelos y sus gozos, sus triunfos y derrotas), como los miraría un dios. La verdad del viajero está en su error, les había dicho, porque los pueblos y los individuos no son solamente lo que son o lo que creen ser, sino aquello que parecen a los demás.”

 

H.: Viaje, memoria, arraigos y desarraigos: ¿Tienen algún vínculo en tu obra?

 

M.R.L.: -Sí, desde ya. Se vinculan en todos mis libros, cruzados por viajeros que también son (e) inmigrantes o exiliados. Ese tipo de viajero, el que se traslada para quedarse (sea para siempre o no), reconstruye de una manera densa y particular la memoria del origen lejano. Creo que la novela donde la tensión entre arraigo y desarraigo se extrema es Árbol de familia. Una historia autoficcional, inspirada en buena parte en la de mi propia familia, que durante mucho tiempo (hasta donde yo sé, por lo menos dos siglos), migró desde España hacia América y viceversa. Porque no todos los que emigraron se arraigaron, ciertamente.

 

Un dato curioso (y verídico) es que mis abuelos paternos, Ramón Lojo Lago y Rosa Ventoso Mariño, viajaron, cada uno por su lado, de Galicia a Buenos Aires. En esta ciudad se encontraron, se enamoraron y se casaron y tuvieron dos hijos. Se abrieron camino, no estaban en mala posición, pero a mi abuelo lo llamaron sus padres, ya viejos, para que volviese a hacerse cargo de la casa rural y de las principales fincas. En el mundo rural gallego eso era, legalmente, “la mejora”: en una tierra de minifundios y familias campesinas numerosas evitaba que las tierras familiares se atomizasen más aún y los padres que envejecían se aseguraban de que un hijo (no necesariamente el mayor, sino el más afín) se ocupase de ellos y de la casa. El hecho es que mis abuelos aceptaron y regresaron. Pero, por lo que supe después, mi abuela Rosa resintió mucho el cambio. Ser un pequeño propietario rural (diríamos acá un chacarero) implicaba en la Galicia de entonces una vida dura, en comparación con las comodidades que una gran ciudad como Buenos Aires podía ofrecer. El problema para ella no tiene solución, desemboca en una nostalgia incurable dondequiera que se encuentre: “La gran ciudad, con alumbrado, cañerías, grifos mágicos por donde fluía el agua, cafés, grandes tiendas y hasta cinematógrafo, le parecía a veces un mundo de fabulosa felicidad recorrido en sueños y ahora ahogado por la lluvia fina y constante que en los inviernos de Barbanza roía la médula de todas las cosas hasta disolverlas. Sin embargo, cuando aún vivían en Buenos Aires, el solo recuerdo de esa misma lluvia le arrancaba lágrimas y tenía que encerrarse, mordiendo un pañuelo para tapar los sollozos, si pensaba que acaso nunca más volvería a sorprenderla el mar, casi doméstico, en un recodo cualquiera del camino.”

 

También, en la misma novela y en Todos éramos hijos, el personaje de Ana sufre de una manera parecida. Ni de aquí ni de allá, sigue deambulando en un espacio incómodo: “Las calles de Buenos Aires no terminaban nunca. Eran una prolongación de vías paralelas que conducían a la nada, líneas perdidas en la inmensidad de la llanura. Ana, que ya venía extraviada desde un país propio en el que no encontraba lugar, siguió sin rumbo en la gran ciudad devoradora de pasos.”  Y Rosa, la hija, tropieza con “el corredor” que une los montes de Barbanza en Galicia, con la casa de Castelar, en Buenos Aires. El corredor es la figura simbólica de un tránsito entre mundos que no se detiene jamás: “Volveré yéndome. Me partiré volviéndome. Como Jano, el dios de dos caras, el de las puertas y las llaves, el de los comienzos y los finales, el que tiembla entre el presente y el porvenir.”

 

Esta condición inestable tiene, sin duda, un alto grado de dramatismo. Pero puede atenuarse con la aceptación y creo que esto se declara o se resuelve de algún modo en una frase de Isolina, personaje de Solo queda saltar, mi última novela: “Yo soy el vaivén. Cuando me voy, nada dejo, porque todo viaja conmigo. Soy la casa sin anclas, soy mi propia barca que cruza los abismos llevando la memoria de todas las orillas.”

 

H.: Cuál de todos los viajes que has hecho fue el más significativo para vos. Fuiste sola o acompañada?

 

Literariamente, el viaje más significativo fue el que hice en 1992 cuando escribía la novela La pasión de los nómades, recorriendo el trayecto de Lucio V. Mansilla por la pampa central. En realidad llevé a mi personaje por los lugares que tenía que (re)conocer, tal como estaban a fines del siglo XX. Y fue un viaje en familia. Con Oscar, mi marido, y los dos hijos que entonces teníamos (después se agregó Federico) hicimos esa trayectoria a bordo de un Mercedes ’53, por caminos vecinales, abriendo tranqueras de estancias y buscando lagunas que se evaporaban. De esa experiencia hablé varias veces. Un texto que puede encontrarse fácilmente en la web es “Extrañas vacaciones: mi excursión a los indios ranqueles” (https://www.clarin.com/sociedad/Extranas-vacaciones-excursion-indios-ranqueles_0_rJdEgCBjPXe.html)

 

Otro viaje muy especial, por su riqueza simbólica y emocional, fue el que hicimos en 1995 (ya con Federico) a Galicia. Quería especialmente que todos conocieran la tierra de mi padre. Y no solo llegamos a Galicia sino que fuimos luego en coche hasta Francia y cruzamos el Canal de la Mancha en Dieppe para tomar un ferry que nos llevaría a Sussex, en el sur de Inglaterra. Ahí vivía Eva Gillies, una argentina casada un inglés, que había hecho una traducción magnífica de Una excursión a los indios ranqueles. Nos hospedamos en su casa unos días. Esa experiencia quedó transfigurada literariamente en el cuento “Los efímeros” (https://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/23-71168-2015-01-17.html)

 

Podría añadir los impactos de conocer ciertos lugares inolvidables por su densidad histórica y cultural: el Cusco y Machu Picchu, México, Roma, la Alemania de los poetas y filósofos del Romanticismo, Israel. Y ahora, hace muy poco, China, a donde llegué en marzo pasado, invitada por un Festival de Poesía. Fui con Oscar, y después del evento en Suining (provincia de Sichuan) nos quedamos dos semanas más para visitar otras zonas del país. Todavía estoy procesándolo, y escribiendo sobre ese país extraordinario. Algo publiqué hace poco en La Nación: https://www.lanacion.com.ar/opinion/china-el-pais-de-los-murcielagos-buenos-nid2275608

 

H.: Vos hablaste en la charla de Dolores de que tu papá nunca pudo renunciar al paisaje de Galicia. A qué paisajes vos te sentís unida y querés volver. Por qué. Cómo son? Podrías describírmelos?

 

M.R.L.: -Sin duda, a ese paisaje de Galicia. Un paisaje que me fue legado, presentido primero como zona mítica, relatado, ensoñado desde antes de pisar la tierra por primera vez, hace ya veintiséis años. Siempre quiero volver ahí. Hay un texto de mi libro Bosque de ojos, que se llama “Este es el bosque” y creo que es una buena descripción de ese lugar donde se concentran los caminos y los sentidos, donde dialogan los vivos y los muertos.

 

Y, si no estuviera sobre ella, también tendría añoranzas de la llanura, de la pampa. Pero sobre todo del cielo y de la luz. Muchas veces siento que no hay luz como la luz argentina, que enciende y transparenta la opacidad del mundo. Ni cielo como el nuestro, con su deriva de nubes en el campo abierto, que diseñan otra tierra fantástica, ingrávida y paralela.

 

H.: Tus hijos son artistas también, no es así?  Contame qué hacen.

 

M.R.L: -Mi hija, Leonor Beuter, es artista visual y performer. Terminó la Licenciatura de Artes Visuales en la UNA (Universidad Nacional del Arte, Buenos Aires). Y ahora vive y trabaja en Berlín, donde ha hecho diversas perfomances en el formato de teatro de sombras, desarrollando lo que ella llama un “oráculo colectivo”, basado en los arcanos del Tarot y con participación del público. Justamente sobre esta cuestión versó su tesis: “El viaje del Loco: El oráculo como experiencia colectiva”.

Antes de irse a una residencia artística en Hamburgo, e instalarse finalmente en Berlín, Leonor trabajó en Buenos Aires en el campo de la pintura, la fotografía, y la instalación. Y fue maestra de arte, algo que siempre le interesó, sobre todo con los más chiquitos. Ahora está haciendo allá una formación como educadora. Paralelamente a su interés en la performance, piensa dedicarse al trabajo con niños, en especial dentro del marco de las escuelas Waldorf.

También ha trabajado en diseño gráfico y la ilustración, y en esa área precisamente colaboró conmigo.

En cuanto a mi hijo mayor, Alfonso, es músico. Hizo estudios académicos en el Conservatorio Alberto Ginastera, de Morón, en la Universidad Nacional de La Plata y en el Conservatorio Nacional López Buchardo. Es docente de música en escuelas. Y por otro lado,  miembro de la banda Nebular y compositor pop. Ahora están preparando, con Nebular, el lanzamiento de un sello.

Queda Federico, que no es artista, aunque sabe mucho de música y de cine. Fede acaba de terminar la carrera de Ciencias de la Computación, en la UBA, y es el que “salva la ropa” de los artistas de la familia necesitados de apoyo tecnológico.

 

H.: Qué significa para para vos haber hecho un libro en colaboración con tu hija.

 

M.R.L.: -A Leonor pertenecen el arte de tapa o las ilustraciones de algunos de mis libros. Hay trabajos suyos en Bosque de ojos, Cuerpos resplandecientes, Awaiting the Green Morning (edición bilingüe, publicada en los Estados Unidos, de Esperan la mañana verde).

Pero además hicimos juntas un libro entero: El libro de las Siniguales y del único Sinigual. Hablé muchas veces de esta obra de imaginación visual y verbal, que parodia, líricamente, un tratado científico sobre una especie nueva: las Siniguales (todas hembras, menos un único y desamparado macho Sinigual). Estas criaturas fantásticas sin embargo han sido captadas por el ojo de una cámara y tuvieron su origen material en pequeñas esculturas realizadas por Leonor. Son a la vez cercanas y lejanas. Pueden convivir con los humanos, pero no son domésticas ni domesticables ni se dejan apropiar por nadie. Tienen algo de hadas, algo de brujas, algo de insectos. Su gran poder consiste sobre todo, en ser, en sobrevivir, auto regenerándose en cada catástrofe.

Como ya abordé a menudo este tema, prefiero que se lea ahora la voz de Leonor, a través del texto que ella mandó, desde Alemania, para la presentación del libro en Buenos Aires, donde fue publicado en 2016 por el sello Mar Maior, desprendimiento de la editorial Galaxia:

 

“Las Siniguales han estado siempre entre nosotros, acompañando, como bien relata mi madre, a los ocupados y preocupados seres humanos en su trajín diario.
Fue para mí un placer descubrirlas, desde la simple intimidad hogareña de los retazos de tela, entre partes de objetos en desuso que devinieron en mágicas piezas capaces de articular una nueva vida. Las Siniguales nacieron en un intento de fabricar quitapenas o pequeñas brujas – talismanes para hacer un regalo a mi madre en su cumpleaños. Incapaz de reproducir arquetipos conocidos o de realizar una conveniente producción de  múltiples muñequitos para vender en la feria artesanal, me encontré ante una nueva criatura cada vez, con un deseo de ser propio, más allá de mi voluntad.

El primer rollo fotográfico que captó las huellas de las que luego llamé Siniguales “porque a ninguna criatura viviente pueden paragonarse”, era uno de esos tesoros, encerrados en la oscuridad de la cámara, que clamaba por revelarse y transformarse así en la  nueva misión o proyecto artístico en el que estaría involucrada por cuatro años más.
Supe inmediatamente que su destino era vivir en los libros, que así como no son domesticables, tampoco son vendibles como objetos. Son mensajeras de la belleza imperceptible, del invisible aliento de la vida que crea mundos en cada rincón que inspira. Los libros, como los Quitapenas, antecesores de las Siniguales, estuvieron ligados a mi madre desde el principio, atenta e incansable creadora de mundos poéticos. Supe que esta obra nos uniría inevitablemente. Luego de un año de fotografía en paisajes surreales dentro del hogar, la alianza creativa fue posible. Las primeras fotos inspiraron los textos que mi madre escribió en un súbito arrebato de inspiración.

Los microrrelatos se expandieron y recrearon así como las Siniguales costureras agregaban miembros a su especie. La complicidad creativa, entre madre e hija, sobrepasó los terrenos de las diferencias generacionales, para forjar una creación común, transpersonal.
Hermoso regalo descubrir estos seres maravillosos entre mis manos, darles la oportunidad de andar por el mundo a través de la imaginación y los libros. Hermoso regalo ser mujeres creadoras, capaces de manifestar este universo de sutileza juntas.”
H.: Has trabajado con tu hijo músico?

 

M.R.L.: -No con proyectos de tanta envergadura (en realidad, aclaro, lo que hay publicado de la “saga de las Siniguales” es solo una parte: hay muchas más fotos y más textos, nos falta el editor). Pero sí hemos hecho algunas cosas juntos. Alfonso compuso música para la presentación de Bosque de ojos en Buenos Aires. Y también para la del Libro de las Siniguales en una de las lecturas que armamos con Leonor.

 

 

 

ESTE ES EL BOSQUE

Cuando llego, jadeante, mi padre está esperándome sentado sobre un tronco. El aire se había puesto oscuro y empañado un instante atrás, pero aquí, bajo los arcos verdes, la luz tiene un espesor de miel y sólo se respira un oxígeno burbujeante y diáfano.

Me siento junto a él. Está tan delgado como cuando murió, pero los ojos vivos contradicen su cuerpo.

–Papá, decíamos ayer que la vida es una herida absurda.

–Ésas son cosas de los tangos, hija. Aquí nadie vive en vano. Éste es el bosque.

–Pero decíamos que la vida es una pasión inútil.

–Ésas son cosas de Sartre. Aquí no hay pasiones, aquí nada es inútil, aquí cada vida sirve a su función. Éste es el bosque.

Y su brazo –apenas un hueso con las venas tatuadas—agrupa en un solo gesto los robles y los castañares, los pinos y los eucaliptos, los musgos y los líquenes, las espinas del toxo.

–Pero nacemos y morimos y es como si no hubiéramos vivido y somos apenas hojarasca que se pudre bajo los pies que pasan.

–Aquí nada se pierde y todo se transforma. Aquí nada muere. Somos la gente de la tierra, las criaturas del árbol, la semilla que florece sin fin. Éste es el bosque.

(Publicado en Historias del Cielo, Bosque de ojos, 2011)